La gata
- Mayra Monroy
- 4 feb
- 2 Min. de lectura

A una gata la llevan cargada en brazos. Cuidado, porque toma un minuto enamorarse de ella. Con sus diminutas garras y apenas del grande como la palma de mi mano, camina dos pasos y se cae. Tiene los pelos como un rastrojo viejo, maúlla con una voz tan fina, que se confunde con un pito. La gata es tan fea que, de lo fea, es linda. Con su nariz diminuta color negro, sus ojos brillantes color verde amarillo y sus asomados colmillos, tendrá, si acaso uno o dos meses de vida.
Pero la gata es decidida, se le ve el carácter, es callejera, criada por un montón de raros. La gata es enérgica y con sus pasos llegará hoy en la tarde a las siguientes tres cuadras. No le importa, persigue a todos como si pudiera alcanzarlos. Paso mis manos por sus orejas y me maúlla, me grita como si tratara de intimidarme. Actúo, porque sé que le importa, me alejo. Viene hacia mí una vez más y por fin encontró con quién jugar a ser atrevida, me muerde un poquito, salta, se cae, salta e intenta agarrarse de mi pierna. Sus patas son tan pequeñitas que con el mínimo roce da más risa que cualquier otra cosa. La tomo como si fuera una muñeca y la pongo en mi pecho, está enojada, refunfuña, la consiento, pasan unos segundos más hasta que por fin cede a los mimos, la gata se duerme.
Intento hacer el mínimo movimiento, respiro despacio para no despertarla, pero después de un par de minutos abre sus inmensos ojos y se va corriendo con otros extraños. Es la tarde, y decidimos irnos a la playa, son solo diez minutos caminando. La gata lo nota y corre como si estuviera en una maratón, se embarra las patas de tierra mojada, y cuando logra alcanzarnos, saca la lengua como un perro cansado.
La cargamos un rato, mientras ella descansa en el hombro de alguien más, avanzamos cuadras enteras. Una vez cerca al mar, nos detenemos e intentamos que se devuelva, pero nada la motiva a irse, en cambio, abre sus grandes ojos frente a lo que ve, no sabe qué es, pero avanza. La ternura se recubre de sobreprotección y la agarro con mis manos, le digo que no puede ir, que es pequeñita, que es una gata.
De todas formas, logra zafarse de mí, y con unos inmensos pasos camina como si tuviera prisa de llegar al agua. No para de miar, está frustrada, no puede ser más rápida. Grita para que la escuchemos, se siente traicionada. Todos la miramos atentamente, una vez en la arena, nos mira, estamos expectantes, listos para correr o saltar al agua. La gata se queda ahí, solo ahí, sentada, sintiendo la brisa, viendo el paisaje. Finalmente, no hay mucha diferencia entre ella y nosotros.

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