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Espanto sin fe

  • Foto del escritor: Mayra Monroy
    Mayra Monroy
  • 18 feb
  • 2 Min. de lectura

Primera parte


Entre lo que parecía una aparición fantasmal, Andrea me decía que le rezara al Niño Jesús. Yo, de tan solo doce años, ya me había declarado atea para no hacer la confirmación; más que por convicción, era una pereza infinita por padecer horas y horas de padrenuestros, pecados que ni yo misma conocía y madrugadas a un sitio en donde, al parecer, la única norma era no divertirse. 

  

-¿Usted oyó eso? Es la Llorona; ya sabe lo que dicen: si se escucha lejos, es porque está cerca, y mamita, puede que venga por usted.   


A mis ya doce años, pensé que estaba muy grande para creer en esos cuentos, sin embargo, un escalofrío pasó por mi cuerpo. Para mí, ya algunas verdades habían sido reveladas: sabía que los juguetes de la Navidad no los traía ningún Papá Noel, sino mi mamá o mi papá, dependiendo de cómo les iba en la quincena; que quien me dejaba el dinero debajo de la almohada cuando iba perdiendo mis dientes de leche era mi mamá. Así que mi primera reacción fue decir que yo no creía en esas cosas y que, por tanto, rezar no era una opción.


Sin embargo, como buena consumidora de telenovelas, a cualquier superstición era mejor prestarle atención que ignorarla. Así que antes de dormir me persigné, le recé a cualquier santo —sin nombres, por aquello de lo atea— y rogué no ser raptada por la Llorona.  


En mi casa nunca hubo ninguna obligación de rezar, pero fui criada bajo el catolicismo como la mayoría de los colombianos; y aunque no sabía muy bien qué significaba eso, sabía que cualquier espíritu podía aparecer de la nada, y que en su mayoría nunca era una buena señal, sino más bien un mal presagio. Así que a las tres de la mañana un ruido hizo que me despertara de golpe y quedé sentada en la cama, con los ojos bien abiertos y sin ninguna posibilidad de volver a dormir. 


 En el fondo, la brisa de los árboles sonaba tan fuerte que hice todo lo posible por ignorar ese sonido, sin embargo, las sombras de la noche no ayudaban mucho y mis ganas de ir al baño crecían por segundo. Salir de mi habitación parecía un acto heroico, caminar un par de metros en medio de ese pasillo oscuro de repente, se volvió un gran obstáculo.  

 
 
 

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